LA
HORA DE LLEGADA
ISLA CARLOS III, ESTRECHO DE MAGALLANES
"Como ha pasado de rápido este año", dijo
el pálido Pablo de Chiloe al percatarse de la fecha precisa
en un calendario de esos con panorámica caribeña.
Mediados de Mayo en la isla Carlos III y afuera el frío
encogía el paisaje.
Aunque fingíamos concentración en nuestra lectura
intercambiada, no pudimos contener ciertos suspiros y pequeñas
risitas al detenernos en aquella frase. Quien sabe que habrá
pasado por la cabeza de los integrantes de la Expedición
Natibo que estaban presentes. ¿Estaba yo ahí?
Ya estábamos acoplados a la vida del campamento: el tiempo
había mostrado lo mejor y lo peor de si, nosotros de cierto
modo lo imitábamos. La llegada de Pablo --el todero magallánico
--significo un sistema de iluminación bien montado; su
partida, una lectura sin interrupciones agradables con historias
sobre sus días como obrero santiaguino o minero andino.
Entre tanto las ballenas -- a lo que vinimos – nos regalaban
espectáculos memorables, pero también a veces se
mostraban esquivas.
Las escasas horas de luz austral las pasábamos en el mar,
a mínima marcha, identificando, observando, filmando y
fotografiando individuos de esta especie: la ballena jorobada.
Sin embargo, aun esperábamos los dardos con los radio-transmisores
que utilizaríamos para implantar de tres a cinco ballenas,
y cuya señal emitida desde el dorso de estos mamíferos
comenzaríamos a rastrear a lo largo de la costa pacifica
suramericana.
Entre los mamíferos, la ballena jorobada efectúa
la migración mas larga. Y de todas las poblaciones de jorobada
en el mundo, estos individuos que habitan desde la Antártida
y el Estrecho de Magallanes hasta el pacifico colombiano, recorren
la máxima distancia.
Los datos de campo obtenidos por Juan Capella seguían aportando
conocimiento científico y tal vez desmitificando muchas
convenciones repetidas en libros y documentales. “A veces
uno ve, por ejemplo, que dicen …ahí van nadando una
hembra y un macho, solo por verles juntos, cuando en realidad,
identificar el sexo de un individuo es mucho mas complicado, y
de hecho, el comportamiento es mucho mas complejo también”,
comentaba Juan. Luego nos explicaba que para sexar un animal,
es preciso verle el vientre e identificar si tiene mamas o no
(rara vez se presenta tal oportunidad), o sacarle una biopsia
y enviarlo a un laboratorio capacitado para analizar la muestra
genéticamente.
Cada salida al mar era fructífera. Juan Carlos y Fernando
obtenían imágenes invaluables de estos cetáceos,
y yo aprendía de Juan la manera adecuada para aproximarse
a la ballena sin alterarla y así poder -- llegado el momento
-- asistirlo en la difícil tarea de crear la oportunidad
precisa para disparar la ballesta.
El invierno se nos venia encima como un muro cediendo a las raíces
de lo ineluctable. Cada día que pasaba era uno menos para
implantar. Las ballenas en realidad nos estaban esperando, pero
se nos hacia osada tal afirmación, por lo cual caímos
en la angustia de los dardos.
"Vegetales, aceite dos tiempos", decía Juan a
capella por el radio banda marina comunicándose con la
base en Punta Arenas. Los víveres y provisiones vendrían
en las bodegas del barco pesquero "Ancla III", escoltados
por Marc, Alexandra, Paola, Santiago y Ricardo Cano, pluma-blanca
Natibo que había llegado de Bogota para unirse a la expedición
por primera vez desde nuestra partida el dos de enero. Ricardo
traía consigo los transmisores y el resto del equipo de
telemetría.
El Ancla III zarpó de Punta Arenas a las dos de la tarde
como lo habíamos hecho nosotros en el Emisor doce días
antes; de eso tuvimos noticia. Previendo un cambio drástico
en nuestra rutina Zen, dimos orden a todo y fuimos a nuestras
carpas para meditar hasta la hora de llegada. Haciendo cálculos
por separado, Fernando, Juan Carlos y yo dejamos la comodidad
de nuestro sleeping bag térmico y caminamos por los pasillos
escarchados a eso de la una o dos de la madrugada, para encontrarnos
en la carpa central. Pasaron las horas y bajaba la temperatura,
pero no aparecía el Ancla III.
Teniendo en mente el ejemplo de mi abuelo, no perdí tiempo
en empezar a buscarlos por las ondas aéreas, tanto por
el VHF de corto alcance, como por el radio banda marina en la
frecuencia indicada. No hubo respuesta alguna en el Estrecho desolado.
Con la certidumbre de que mis compañeros estaban en manos
conocedoras y responsables, pensé como mi padre, y supuse
que habían llegado a algún refugio para escampar
un mar recio. No obstante, al igual que mi padre hubiera hecho,
dormí con un ojo cerrado y el otro... también, pero
alerta sin lugar a dudas.
Para la tranquilidad de todos, a primera hora nuestros compañeros
establecieron comunicación y anunciaron que efectivamente
habían pasado la noche amontonados sobre sus maletines
en una bahía cerca de Cabo Froward (punto más austral
del continente Sur América), llamada Bahía Escondida,
y que llegarían en las horas de la tarde a Carlos III.
La hora de llegada fue lo más cercano a un festival de
gaitas en San Jacinto que se haya presentado en estas latitudes;
claro que no hubo ni una gaita ni se tocó cumbia alguna,
pero éramos muchos colombianos reunidos y alegres.
Ricardo sacó a relucir los dardos transmisores y de eso
se habló exhaustivamente. Los días siguientes estaríamos
dedicados exclusivamente a la implantación de las ballenas
que seguiríamos hasta Colombia en su migración anual.
Más fácil decirlo.
Juan Capella demostró su excelente puntería implantando
con un “dummy” a un pernil de cordero y un luego a
una pechuga de pollo que venía entre los víveres
y que habíamos colocado entre el musgo de los alrededores
del campamento como posibles ballenas. Pero el mismo carácter
de Capella se revelaba cuando, con su voz de experiencia, nos
advertía, "No es fácil. Hay que saber esperar;
hay que esperar el papayazo".
Las primeras salidas al mar con dicho objetivo fueron desconcertantes.
La temperatura ambiente descendía tremendamente (me limito
a este adverbio vago ya que desafortunadamente nunca tuvimos termómetro
en la isla). Los vientos fuertes intensificaban la sensación
térmica y el mar se encrespaba dificultando el acercamiento
final a los cetáceos. Al cabo de cuatro días tediosos
persiguiendo ballenas esquivas que no querían dar papaya,
la ballesta aun no se disparaba en el mar. Las caras de los expedicionarios
Natibo reflejaban preocupación.
Ricardo, quien había piloteado el bote zodiac en muchas
de estas ocasiones me decía en tono de confesionario, "yo
veía la ballena ahí no mas, y nosotros andando a
800 rpm... me daban unas ganas de meterle la yuca!".
El día llegó en que Marc, Ricardo, Fernando y Santiago
tuvieron que regresar a Punta Arenas. Aún no se había
concretado la implantación. Nos despedimos de nuestros
compañeros. Los que permanecíamos en la isla quedábamos
encargados de implantar.
Ese mismo día, después de un desayuno a media mañana
en un campamento silencioso, nos hicimos a la mar presintiendo
algo. El viento -- que por lo general soplaba fuerte desde los
picos nevados - nos trataba suavemente, y el mar parecía
un plato. El avistamiento de dos ballenas que nadaban apaciblemente
cerca de la isla era una prolongación del entorno.
Con cautela y cariño nos acercamos en el fuera de borda.
Juan las identificó rápidamente por la forma y las
marcas del dorso. Eran un macho y una hembra que ya habían
sido avistados previamente y que engrosaban las listas del joven
catalogo de ballenas reconocidas en las aguas cercanas a la isla
Carlos III. Al macho, Juan lo llamaba El Gato porque presentaba
en su cola una cicatriz en forma de triqui (#), y a ese juego
en Chile se le llama gato. La hembra era la numero 11 y estaba
que reventaba de gordura.
La numero once no sacaba la cola del agua como suelen hacer las
ballenas antes de la ultima inmersión prolongada; su enorme
cuerpo se movía pesadamente, sin perder la gracia, eso
si. El Gato, con su cuerpo de atleta, la acompañaba con
sus movimientos dóciles y a la vez poderosos.
Teniendo en cuenta la época del año, Juan, muy diplomáticamente
se atrevió a decir acerca de la hembra, "puede ser
que esté tan gorda porque se la ha pasado comiendo, pero
yo creo que está embarazada". Con cariño, y
sin derecho, la apodamos "La Gorda".
Estupefactos y asombrados por la inmensidad del universo, cabalgamos
el instante -- actuando como si el momento actuara sobre nosotros.
"¿A cuál me le acerco, al Gato o a la Gorda?",
le pregunté a Juan. "Al macho", dijo Juan levantando
la ballesta de la causa mayor. El enorme dorso del animal se arqueo
exhibiendo su "joroba", a pocos metros del zodiac y
la papaya estaba partida. Juan le apuntó al Gato y apretó
el gatillo disparando el dardo que voló decididamente por
el gélido aire del Estrecho de Magallanes. Justo atrás
de la aleta dorsal por el costado izquierdo del animal, y a medio
metro de la columna vertebral aterrizó el radio-transmisor
que vimos sumergirse con la grandeza de su nuevo dueño.
Nos llevó un segundo mirarnos a los ojos y estrellarnos
con la cúspide de una enorme montaña de esfuerzo,
y de tanto. El calor del abrazo se sentía debajo de capas
de poliéster y neopreno; más adentro, debajo de
la piel de gallina. Era la cresta de la ola de la fundación
Natibo y su primer gran proyecto, era tantas cosas más,
algunas más difíciles de expresar.
Ese mismo día, La Gorda, se dejaría implantar no
sin hacernos valorar nuestro esfuerzo y perseverancia.
"Hemos hecho la primera implantación con un radio
transmisor a una ballena jorobada en el hemisferio sur",
dijo Juan al Cabo de un rato, al Cabo de Hornos, al Cabo Froward,
al Cabo de la Buena Esperanza.
Andrés Ospina
El Caminante del Viento
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