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Aquí va un intento. Mañana salgo madrugado para Buenos Aires! Primera parte cumplida!

Los Santos del San Nicolás


Trato de acordarme -- aunque ya no lo recuerdo así-- que cuando pisamos por primera vez la cubierta del remolcador R/E San Nicolás, aun no conocíamos a esos diez curiosos personajes con quienes conviviríamos abordo desde Corumba, Brasil sobre el Río Paraguay, hasta Asunción.

La Expedición Natibo tomaba otra de sus formas inesperadas para alcanzar el objetivo de llegar a Buenos Aires, Argentina desde Colombia por medio fluvial. "Cuando salimos de Colombia en la Samu pensábamos que ese bote nos llevaría hasta Buenos Aires. Después de dos meses de viaje entendemos que el que nos ha traído, es el río", dijo Juan Carlos tan acertadamente.

Paola Rey, expedicionaria --y además mujer-- se unía a los ribereños mientras el resto del equipo terrestre cruzaba el Chaco para llegar adelante a Asunción.

Entre tanto, nosotros nos adentrábamos en el inmaculado mundo del transporte fluvial industrializado como prueba máxima de expedición. Era adecuado dejarse agarrar desprevenido por las verrugas de este mundo nuevo y vivir lo que, en teoría, era una experiencia común a la navegación fluvial de esta zona.

Afortunadamente, las órdenes de arriba venían claras. Nuestra misión era llegar a la capital paraguaya por río y adelantar la edición del material audiovisual que se amontonaba. Para los tripulantes del San Nicolás, la tarea consistía en transportar un convoy de 16 barcazas --que entre titanio, soya y aceite de soya pesaban 19, 860 toneladas --corriente abajo, hasta Barranqueras, Argentina, y dejarnos trabajar.

La sala de edición ambulante en marcha; el convoy firmemente asido a la proa del remolcador y el río incluyéndonos en toda su extensión. Sin embargo, no era el momento para empezar a trabajar, o tal vez lo era, pero podía esperar.

Después de un arduo debate practico/moral sobre dónde acomodar a Paola entre 14 hombres, salimos de los camarotes que nos habían cedido amablemente y nos sentamos en el comedor junto al Capitán Horacio Montenegro y a nueve de sus mejores amigos.

Lo primero fue el idioma. Geográficamente, el embarque fue en Brasil, pero para términos prácticos la soberanía la tenia Argentina con flancos paraguayos. Felices de poder falar castellano después de 40 días en Brasil, no cerrábamos el pico. La tripulación perpleja, pacientemente trataba de entender: ballenas, Bogotá, bongo, Buenos Aires, expedición Natibo con "b" de burro. Después de la cascada inicial de palabras represadas, Fernando, Pedro, Paola, Juan Carlos y yo, quedamos como cinco pares de grandes orejas sin expresión alguna. Así, en nuestro estado más vulnerable, se nos fue presentado el convoy: el consentido de la carga.

Nos hablaron sobre la carga en cifras con demasiados ceros. En los últimos años los cargamentos de soya están a la punta de la producción por un inmenso porcentaje. Ahora comprendo que el convoy es un representante filosófico que, curiosamente, termina siendo algo a qué aferrarse. De alguna manera, la expedición Natibo se aferra a su convoy de propósitos e ideales. Acaso el nuestro sea el de irrigar todo lo aprendido sobre los campos sembrados de ideas suramericanas. Siendo nosotros, apenas fieles marineros que vivimos y navegamos por los pasos difíciles. Nada más.

También nos explicaron las normas de seguridad, tan importantes en una embarcación como el remolcador. Nada es construido por comodidad y todo tiene dimensiones excéntricas. Las cornamusas por ejemplo, que en nuestro bote median, como mucho una cuarta, en el remolcador eran de un paso y medio; los cabos son tan gruesos como mi tobillo, y las hélices de repuesto en cubierta parecían dunas de cobre del tamaño de una cama twin.

Nos pusimos el salvavidas de seguridad y acompañamos al Chino, el contramaestre, a dar una vuelta por el convoy. El olor a soya es agradable como el olor a establo. El silencio, a medida que avanzábamos metro a metro por los 240 del convoy, era cada vez más envolvente, y todo parecía quedar en el remolcador cuando se abordan las barcazas.

Pasaron un par de días. Llegamos a Vallemi, un pueblo paraguayo militar conocido como la mata del cemento. No supe cuando había salido de Brasil; ahora todos hablaban Guarani (y yo que pensaba que estaba en Argentina). En ese momento, la amistad con los santos del remolcador era suficiente como para salir con dos de ellos, Migue y Kike, marineros, a conocer las tres calles, y cómo no, tomarnos cuatro cervecitas, hablar de mujeres, hablar de fútbol.

Amo el amor de los marineros que besan y se van.

Bueno, y Paola. La tripulación estaba muy agradecida con ella por provocar tan suculentos platos de un cocinero que, según ellos, en otros viajes era soso e insípido. "La vida abordo no debe ser tan fácil", pensaba mientras me compenetraba con todos gozando de una amistad sincera y entretenida. Es que se les notaba cierta nostalgia.

Por las noches, el capi llegaba a mi camarote y desenfundábamos mi guitarra consentida para afinar y tocar los tradicionales chamames, polkas y zambas (no confundirse con la samba carioca) antes de reunirnos con los demás. Uno de los chamames que me enseñó el capi relataba la historia de un hombre que pedía convertirse en un árbol al momento de morir para dar sombra a los enamorados. "Cuando un carpintero, mi madera la tallara, en vez de muebles, se dedique a hacer guitarras, para quedar con mis amigos en la farra".

Después de dos meses largos de viaje, se van amontonando los lugares explorados como imágenes, a la vez nítidas y borrosas de un largo sueño. Las etapas y no los relojes van fabricando el tiempo, o anulándolo, pues en realidad estamos fuera del tiempo. Las noches siguen ahí, como han estado siempre, pero en éstas dejamos algo, o bueno, de éstas nos llevamos tanto.

Horacio Montenegro, capitán; Chino, contramaestre; Aquino y Vásquez, prácticos; José y Modesto, maquinistas; Miguel, Kike, Cándido, marineros, y Eric, el cocinero de la milanesa, gracias.

Tardamos 8 horas en recorrer los últimos dos kilómetros a Asunción pues había que fraccionar el convoy para conducirlo sin peligro debajo del puente de la ciudad. El paisaje industrial se percibía bonito, tal vez porque sorprendía después de tanta selva, o tal vez por ser, como todo, una posibilidad. Como si nada hubiera sucedido, desembarcamos en Asunción.




Andrés Ospina

El Caminante del Viento