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Se acercaba el momento que anhelábamos
todos sin realmente saber por qué. Las ansias de tener una p·gina
en el anuario y ser parte de aquella promoción estrella con la
publicación más memorable eran notablemente idénticas a las de
todas las promociones anteriores y aquellas que nos sucederían.
Estábamos en lo alto de la cadena alimenticia, todos los niÒos
nos admiraban, teníamos barba, tenÌamos novias. En nuestro caso,
&ieacute;ramos conocidos por ser parranderos y por cantar a todo pulmón
los mejores vallenatos.
Junto con mi mejor amigo que tocaba acordeÛn con digitaciÛn impecable,
tenÌamos el conjunto vallenato mas versado en la burbuja de colegios
privados en que nos movÌamos. Mi formaciÛn musical no tuvo mayores
avances en cuanto a musicalidad, pues ese no era realmente nuestro
principio, pero si me afiance como artista del entretenimiento.
Esta historia se enfoca nuevamente en el último día de colegio
- última presentación de mi promoción en frente de todo el colegio
- nuestro conjunto cantando una canciín que yo habÌa compuesto.
Bueno, el hecho es que semanas antes recurrÌ a mi amplio conocimiento
de canciones recÛnditas, escogÌ una canciÛn que me gustaba mucho
que con seguridad nadie de aquella burbuja conocerÌa. Me habÌa
sentado un martes del noventinueve con mi guitarra aprendiÈndome
la melodÌa. Luego habÌa cambiado los versos por palabras que tocaban
las fibras m·s sensibles de todos nosotros en ese momento de la
vida. La canciÛn fue un Èxito.
Tal vez transcurriÛ un mes con esa mancha en mi momento de gloria,
cantando la canciÛn sin desperdiciar oportunidad. Nos encontr·bamos
entonces en una parranda con todos los compaÒeros de promociÛn.
SucedÌan cambios, habÌa mucho movimiento. De repente mi cÛmplice
y amigo, Daniel Pel·ez puso su acordeÛn sobre la mesa, sirviÛ
dos ìguaritosî y me expresÛ lo mal que le sentaba tener el peso
de una mentira.
Buscamos redimirnos y sobretodo ante aquellos quienes habÌamos
engaÒado m·s directamente, nuestros compaÒeros de clase. AsÌ que
aprovechamos el ardor de esa misma noche, de tenerlos a todos
reunidos. Nos dimos un abrazo y subimos a la tarima. No recuerdo
ya como fue, ni quÈ dije, pero ese momento de confesiÛn publica
seria definitivo para mi desarrollo como artista. All· parado
firme un decreto en mi alma. Tal vez fue el de buscar la sinceridad,
no se, lo cierto es que a partir de ese momento empecÈ a componer
mis propias canciones desaforadamente. Y hoy cuento aquel incidente,
no con orgullo, pero si de cara al viento.
Andrés Ospina
El Caminante del Viento |