Enero
15, 2004
Cierto Punto de Vista.
Se nota
que ha bajado el río bastante desde la última vez
que pasamos por aquí, y eso que no fue hace tanto. Hace
una semana que la Samu (Natibo II) no dio más y tomamos
la decisión de regresar hasta Puerto Ayacucho, Venezuela,
y empezar de nuevo en otro bote.
Es emocionante reconocer ciertos puntos y meandros del río,
pero debo admitir que me sorprendió lo poco que recordaba
claramente; o no, lo realmente sorprendente es como nos cambió
la perspectiva en las tres veces que hemos recorrido este tramo
del alto Orinoco, cada vez en embarcaciones diferentes.
La primera vez, siendo groseramente simples, nuestro problema
era lo mucho que calaba la Natibo II, y que el río se estaba
secando rápidamente, imposibilitando la navegación.
Después, en la "Tigra", siendo remolcados de
regreso desde San Antonio del Orinoco, punto máximo de
nuestro avance, hasta Puerto Ayacucho, vino la pérdida,
al menos romántica, de la libertad. Esta vez, doblados
dentro de un bongo de hierro matriculado como "Yavitaina"
("Cazador de Tigres" en lengua Guahíba), pero
que nostálgicos apodamos Samu II, vamos a ras de agua,
"lentos pero seguros", como la fábula. Es otro
punto de vista.
Avanzamos río arriba pasando, por ejemplo, por el sitio
de nuestra emplayada, donde seguía erguido un palo melancólico
que habíamos puesto para avisar el peligro a otros navegantes.
Pero no creo que haya servido de nada. Al bajar el nivel del río,
la playa que para nosotros estaba sumergida bajo tres dedos de
agua, ahora por poco dividía el río en dos, exigiendo
que la llamásemos isla.
Eventualmente llegamos a San Antonio donde nos recibieron como
amigos. Alejandro Patiño, el de la tienda, había
cumplido y nos tenía guardados los 50 galones que habíamos
dejado, y nosotros traíamos una paca de cigarrillos como
habíamos acordado. Con Mauro, un brasilero que tocaba la
guitarra, o bueno, el violáo, le rendimos homenaje a Pink
Floyd y a Bob Marley, tocando unas cuantas canciones de ellos
y otras tantas de nuestra propia autoría. Mientras estos
hechos se desarrollaban, unos cazadores descuartizaban una danta
que había sido dada de baja la noche anterior de un balazo
certero en la cabeza. Era un animal bello que daría de
comer a toda la comunidad por un buen tiempo, ya que con el método
de salar la carne, ésta podría ser almacenada.
Así que estos hombres amables eran los guardianes a las
puertas de nuestra frontera, y se despidieron como tal cuando
nos embarcamos para seguir adelante; río arriba.
Cayó la noche y no pudimos parar porque no encontrábamos
playa, un problema que se nos presentaba por primera vez. Incluso
pasamos de largo por la boca del Casiquiare, brazo del Río
Orinoco que nos vertería en el Río Negro. Es que
teníamos que cumplir con el requisito oficial y hacer sellar
el zarpe por la Guardia Nacional venezolana en Tamatama, una misión
evangelista que queda cerca de dicha bifurcación del río.
Todo en orden y cruzamos a la otra orilla donde precisamente,
había una playa.
Al despertar desmontamos campamento y nos empacamos en nuestro
bongo.
N 03o 08'
W 65o 52' es la posición de la entrada del brazo Casiquiare.
Otro río, otro mundo. 340 kilómetros hasta su desembocadura
en el Río Negro a la altura de San Carlos de Río
Negro, Venezuela, y San Felipe, Guainía, Colombia. Si;
estaríamos de nuevo, y por última vez, probablemente
hasta finales de Julio, en Colombia. En el mapa, este tropezón
con la patria ocurría en el cachito que parece colgar como
una guama de la esquina oriental del país.
Por ahora llevamos 150 kilómetros de Casiquiare, estamos
cortos de comida y de gasolina, no hemos visto a nadie. Ni siquiera
un pescador desahuciado se nos ha cruzado en medio de este paraíso
que me hace sentir tan lejos de todo, o tal vez, tan cerca. Miro
hacia fuera, a ras de agua, y pienso, "Esto nunca lo olvidaré".
Simplemente es un punto de vista.
Andrés Ospina
El Caminante del Viento
|