El
Río y los Sentidos
Ya habíamos comprobado que después de la última
esperanza, siempre hay una más, y lo que hasta entonces
había sido una meta etérea, o por lo menos inabarcable,
se convertía en un momento con fecha y hora. La Fundación
Natibo se congregaba el 2 de enero del año 2004 en Puerto
López, Meta, centro geográfico de Colombia, para
comenzar lo que llevaba meses en cocción, su primer gran
proyecto, la Expedición Natibo Visa.
Recuerdo
ese momento; estaba parado en la proa de nuestro barco, la Natibo
II, y desde la playa nos despedían quiénes estaban
ahí, entre ellos Marc De Beaufort, nuestro director, quien
meses atrás en Bogotá, me había dicho, “no
hay nada como viajar con un propósito”. En el momento
de la partida se me hizo evidente que esta apreciación
era muy cierta.
Para Franco Ospina, Fernando Cano, Juan Carlos Isaza y yo -- tripulación
de la Natibo II -- el despedirnos de los otros expedicionarios
que viajaban por tierra, significó adentrarnos en los llanos
orientales, alejarnos de todo y hacer lo posible para que los
objetivos se cumplieran.
“El mismo río les va diciendo por dónde”,
fue la frase que utilizó el viejo Aldana, mecánico
de motores fuera de borda en Puerto López, para responder
a las preguntas de mi capitán y padre sobre cómo
navegar por el río Meta. Esta época del año
no es la más propicia, ya que a falta de lluvias, el río
cada día baja con menos agua. Por eso sortear los abundantes
bancos de arena y los troncos ocultos bajo el agua turbia no fue
fácil.
La erosión natural y el desbarrancamiento de la ribera
infligido por el mal manejo de la cuenca, hacen de esta indicación
simple que nos dio Aldana, la tesis de un arte campesina. Aprender
a leer el río es el fundamento de la navegación
fluvial. Para mi padre y para mi, gente de mar por tradición,
esta tarea nos cambió el sentido de la expresión
“marinero de agua dulce”, y nos sumergió en
un mundo completamente diferente.
Ahora, después de una semana de aventuras, de “encalladas”,
de convivencia abordo, de noches sin techo y deleites naturales,
las experiencias se amontonan y nuestra primera etapa por el río
Meta queda atrás.
Uno de nuestros encuentros memorables ocurrió el día
6 de Enero en las cercanías de Nueva Antioquia, Vichada.
Fernando estaba al timón amenazándonos desde hacía
rato con una playa para bañarnos. “Yo ya la tengo
escogida”, nos decía en tono mamagallista mientras
pasábamos de largo por playones hermosos. De repente vimos
una pareja de cigüeñas en la orilla. Parecían
dos saxofonistas cubanos vestidos de traje blanco. Era la segunda
vez que veíamos estas aves esquivas y quisimos arrimarnos
para fotografiarlas más de cerca. Pero al intentar un acercamiento,
el bote encalló, las cigüeñas salieron volando,
y no hubo de otra que sacar el champú.
Estábamos ahí disfrutando del baño a la orilla
de un playón cuando sentí el agua moverse cerca
de mi.
“¡Delfines!”, gritó mi padre.
Por lo menos 30 delfines rosados nadaban a nuestro alrededor,
saliendo a respirar y realizando saltos a pocos metros de nosotros.
Impresionado por la aparición repentina de las “toninas”,
como les llaman los llaneros, quise unirme a ellas y nadé
como pude hacia el centro del río. Fue mágico.
En este momento, mientras escribo, me intriga muchísimo
tal confianza que nos demostraron, pero en el momento me hicieron
sentir simplemente sobrecogido por la emoción. Como un
rollo sobreexpuesto, marcado para siempre por esta experiencia
inolvidable.
Estar aquí me hace pensar cuan ajena es mi generación
a nuestra riqueza. Para muchos de nosotros los jóvenes
colombianos, la noción de nuestro país y sus territorios
viene por correos electrónicos esporádicos que nos
informan de la sorprendente biodiversidad que comparte con nosotros
este rincón del planeta. Pero bueno, ser colombiano está
de moda, y hay una creciente urgencia por conocer, por aportar
y por disfrutar de Colombia, o debo decir Sur América.
Hay preocupación ambiental y social; sabemos que el futuro
está en nuestras manos aunque esa sea una frase de cajón.
Sin embargo, para pasar de la preocupación a la conciencia,
sólo al río se le puede permitir que nos diga por
dónde navegar.
Andrés Ospina
El Caminante del Viento |