Las Piedras.
“?Las
estrellitas van pa'rriba o pa'bajo?", pregunté abiertamente
a mis compañeros de viaje cuando, llegando a Cucuy, primera
población brasilera a orillas del Río Negro, debía
izar la bandera de este país.
“!Pues pa'rriba!", se adelantó mi padre con
la seguridad que infunde un buen capitán.
Arrimamos a la playa y pasamos al puesto de la Policía
Federal do Brasil con la sensación de ilegalidad latente
que ronda en los puestos fronterizos.
Pero no; no encontraron nada, o mejor dicho, no teníamos
nada ilegal, excepto que, efectivamente, las estrellas de la bandera
van abajo.
Ese mismo día habíamos cruzado la desembocadura
del Casiquiare y estábamos por fin en el Río Negro
que, para mi sorpresa, es negro. Negro como Coca Cola, o bueno,
como Guaraná.
En los tres días que duró la navegación por
el Casiquiare, solamente vimos a un indígena Yanomami pescando
solitario en su canoa. Tuvimos un encuentro algo casual en el
que solucionamos nuestras necesidades, él nos dio un pavón
(algo así como un pargo de río; delicioso), y nosotros
correspondimos con agua y anzuelos. En su escaso español
nos deseó buen viaje, y así no más nos despedimos.
Uno de los mayores descubrimientos para nosotros fueron las piedras.
A ver, ya conocíamos cuan peligrosas podían ser,
de hecho nos daban mala espina, sin embargo la primera noche en
el Casiquiare se oscureció y contra nuestra voluntad llegamos
a una piedra grande en la mitad del río para montar campamento.
Esa noche fue maravillosa. Primero, las piedras conservan el calor
durante la noche; segundo no hay muchos mosquitos; tercero, permiten
deambular en el paraíso sin preocuparse por llenar el plástico
azul que ponemos como cimiento, de arena. Y bueno, a los tres
días de dormir en piedras entendimos que este plástico
azul, que antes delimitaba la totalidad de nuestro espacio, ahora
podía ser simplemente la sala, por ejemplo. Ya cada quien
podría buscar un sitio donde tenderse de bruces al cielo
raso de estrellas y disfrutar de esta nueva experiencia.
A San Carlos hubiéramos llegado en la tarde, pero la idea
de una habitación de hotel nos parecía aborrecible,
así que esperamos la primera luz del día 29 de Enero
para llegar. Visitamos el lado colombiano del río, San
Felipe, y el lado venezolano, San Carlos. Es cierto, y lo he repetido
muchas veces, que las fronteras son ridículas, sin embargo
la diferencia entre estos dos pueblos era espeluznante. Colombia
era Colombia, sea lo que sea que eso quiera decir. Hicimos un
mercado, y apresuradamente salimos de ahí para cruzar la
frontera con Brasil.
Paramos en Cucuy donde nos sellaron el pasaporte y seguimos adelante
incumpliendo con las órdenes alegres de ir cantando el
himno nacional brasilero de ahí hasta San Gabriel de Cachoeira.
Cachoeira, en portugués, es cascada, y efectivamente, los
últimos 20 kilómetros antes de llegar a esta ciudad
a orillas del Río Negro, son llenos de raudales.
Quería pasar mi cumpleaños navegando, y así
se lo había expresado a mi padre esa mañana, así
que a las 3 de la tarde ya llevaba 8 horas al timón, disfrutando
cada minuto. A esta hora empezaron los raudales que Matías,
nuestro guía, parecía conocer relativamente bien.
“!A nadar!", gritó mi padre.
Y entendimos que estábamos a punto de cruzar el ecuador,
íbamos a pasar al hemisferio Sur.
Según la tradición, los marineros, cuando van a
cruzar esta línea por primera vez, deben echarse al agua
para dejar los fantasmas del Norte atrás e ingresar limpios
al Sur; el implacable Sur. Le entregué el mando a Matías
y junto con Fernando y Juanca, pasamos nadando tres segundos de
latitud. En medio de estos raudales, la natación tenía
más de supervivencia que de ejercicio. Mientras nadaba
tenia en mente la imagen de estar cruzando el hemisferio izquierdo
hacia el derecho de mi cerebro. Tragando agua pedí fuerza
para lo que vendría y pedí enseñanzas.
Volvimos a subir al bote, algo exhaustos, vibrando. Retomé
el mando de nuestro bote y no habían pasado 10 minutos
cuando Matías, que venía indicándome por
donde conducir la embarcación, hizo una seña descontrolada
y gritó en pánico. Ya no había nada que hacer,
estábamos encima de una piedra. Todos sentimos la piedra
bajo el casco de nuestro bongo como una cuchilla de afeitar rasgando
estrepitosamente nuestro navío. Todos gritaban. El motor
alcanzó a golpear la piedra y con el golpe se subió,
yo lo mantuve arriba mientras pasábamos la piedra. Lo más
seguro, pensamos colectivamente, es que habría un roto
en el casco. Pasamos la piedra y de nuevo bajé la cola
del motor que por alguna razón no bajó del todo,
solo lo suficiente para movernos. De repente, el motor se apagó.
Seguramente al subir la cola el carburador se quedó seco
y quedamos nuevamente a la deriva, en medio de corrientes encontradas,
dirigiéndonos hacia otras piedras. En ese momento paré,
respiré y pensé, luego actué y cambie la
manguera al otro tanque que tenía a mi lado, apreté
la perilla varias veces hasta que endureció. Mientras tanto,
órdenes de mi padre me apabullaban. Halé la cuerda
del motor con fuerza, pero con ritmo, hasta que, en el último
momento posible, prendió. Le metí cambio y por pocos
metros salvamos las piedras. Arrimamos a una playa, bajamos el
motor del todo y estuvimos a salvo. El casco no estaba roto. Estábamos
todos a salvo.
No quise pensar mucho, y seguimos adelante, agradeciendo las enseñanzas,
y las piedras.
Andrés Ospina
El Caminante del Viento
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