Música
   Crónicas Expedición
   Caminante del Viento
   Bachiller


Música

Estando a este lado de la balanza y tras haber formado un propio criterio, entiendo las consecuencias negativas que trae la piratería de discos, pero también viví en carne propia los beneficios. Recuerdo en mis múltiples viajes a la costa, en especial por las carreteras, se acercaban los vendedores ambulantes cargando sus cassettes de una forma semejante a un silletero de la feria de las flores pero con tesoros piratas en vez de begonias.

Con cincomilpesos adquiría el botín de discos de Jorge Oñate, Diomedes, Los Betos, Alejo Durán, grabaciones de parrandas en casetas de todos estos. Adquirí un gusto tremendo por aquellos vallenatos autóctonos; mientras más viejos mejor. Me interesaba descifrar en las fotocopias borrosas de las carátulas, los casi ilegibles nombres de los compositores, y llegue a tener mis favoritos. Comparaba versos, transcribía letras en la Agenda del Mar del momento y cuando me encontraba lejos de todo ser humano, cantaba.

De regreso en Medellín, mi madre tomó mis constantes tamborileos en la mesa del comedor como una señal de querer desbordarme rítmicamente sobre un instrumento, y un hermoso día me llevo al centro de la ciudad y me compro unos bongoes.

Sumando unos pesados 13 años de edad desperté un interez por mi niñez. Recordé las noches que pasé en la discoteca de mi padre en San Andrés, Reggae Nest. A veces ponía una colchoneta en la cabina del Disc Jockey y tiritando de frio por el aire acondicionado, observaba atentamente las manos del DJ, seleccionar entre discos de Yellowman, Alpha Blondy, Lucky Dube y por supuesto Bob Marley.

Valoré mucho esa temprana experiencia musical cuando escuché Redemption Song de Bob Marley en mi cuarto en Medellí. Sentí una relación profunda con su voz y su guitarra, lo sentía mío. Quise imitarlo y sentí limitados aquellos bongoes. Quise una guitarra.

Esta vez fue mi padre que negoció un curso de buceo por una guitarra de cuerdas de nylon. Tome unos meses de clases y descubrí mi pasión por este instrumento. Mi gran amigo Daniel Peláez que ya para ese entonces tocaba piano con digitación precisa, se convirtió en un gran compañero de música.

Cuando tenía aproximadamente 15 o 16 años me encontraba caminando por el Rodadero, cerca de Santa Marta. Al salvar la esquina escuché las notas de un acordeón. Un joven batallando contra el fuelle de su instrumento soplando notas gordas y calientes, al lado su amigo entonando la canción “Un Detalle”, del disco Con Mucho Estilo de Diomedes Díaz. Sin que me vieran estuve presente para el resto de la serenata.

Quise aprender a tocar acordeón.

Tomé clases con Conrado Alvarez, técnico de acordeones para el Binomio de Oro. Desafortunadamente no fue tan fácil adquirir un acordeón pues en esa época no bajaban de millón y medio.

No obstante con las clases empecé a tocar. Mi primera canción completa fue “Bonita”. Un día de aquellos, parrandeando con mis compañeros de clase acompañados por un conjunto vallenato, tuve la osadía de pedir el “arrugado”. Con pco más que el pase de la introducción entretuve a la promoción el resto de la noche. Fue uno de mis momentos cumbres en mi carrera musical.

Ahora, el tiempo demostraría que el verdadero acordeonista de mi curso fue el propio Daniel Pelaez. Tal vez inspirado como fui yo por el serenatero, mi compadre Dani se colgó su acordeón que hasta el sol de hoy entretiene en escenarios y tiendecitas con una destreza rara.

Pero bueno, llegó el momento de escoger una carrera. Yo seguía pensando Biología Marina con énfasis en puya, paseo, merengue y son pero en la universidad me desinfló saber que el profesor de la clase que se llamaba Biología Marina, no era buzo.

Por vueltas de la vida terminé en Los Angeles, California donde entable una fuerte amistad con Andrés López y Axel Hernandez, dos musicos colombianos de la más alta categoria y artesanía. Fueron amigos, mentores y hasta productores de mis primeros intentos en el estudio grabando bajo el nombre Andrés Ospina y la Selección.

Con guitarra de palo en mano, subi a muchos escenarios pequeños donde pude tocar y cantar mis canciones. Inicialmente por una mágica alineación de los planetas y posteriormente por trabajo y esfuerzo comencé a componer desaforadamente hasta el punto en que sostengo que mi fortaleza es la composición.

Y después de seis años de haber llegado a California (incluyendo un año que estuve en Sur América con la expedición), me gradué el fin de semana pasado de Musicians Institute habiendo pasado por parte del programa vocal y el programa de guitarra en su totalidad.

Durante mi paso por “eMaI” formé la banda La Ciénaga Grande con mis compañeros Mike Stocksdale, el irlandés Andy Reilly y el propio Andrés López. Y somos nosotros quienes soñamos en llegar a los escenarios mas especiales y grabar la magia que ocurre cada vez que nos reunimos con nuestras maderas.


Andrés Ospina

El Caminante del Viento