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Una Nueva Consigna

Esta etapa comenzó cuando salimos del puerto de Guajara-Mirim, en el estado brasilero de Rondonia, navegando río arriba por el Mamore en esos días festivos de pre-carnaval. Pero bueno, quisiera recontar también la operación que realizamos para transportar el bongo desde Porto Vehlo hasta Guajara-Mirim. Arriesgando un merecido, "como se les ocurre", sacamos el bongo del agua a orillas del Río Madeira; lo montamos en un camión "mercho" del año 63', y lo transportamos 370 kilómetros por carretera. Todo eso como quien cocina en casa ajena; "con lo que hay". Sin embargo, pienso que la metáfora no estaría completa sin asegurar que a veces en nuestra propia casa, abrimos la alacena y no encontramos todo lo necesario; esa es la belleza de ser recursivos, y de ser suramericanos viajando por Sur América.

Cruzamos pues la frontera en algún punto imaginario entre las dos orillas del Mamore, y llegamos a Guayara-Merim, Bolivia, para tanquear. La gasolina en Bolivia es mas barata y huele a trementina; sin mezcla de aceite, es casi incolora. Desafortunadamente no pude establecer, a todo lo largo de la frontera entre Brasil y Bolivia, un común acuerdo ante su calidad. Siendo totalmente sinceros, tendría que concluir que el motor anduvo bien, y que la gasolina boliviana responde a los rezos.

La navegación el primer día en el Mamore fue de tanteo. La corriente en contra era fuerte, los vientos levantaban oleaje en los trechos abiertos del río, y los ánimos de todos parecían estar acordes con la nueva consigna.

Al caer la tarde apareció un terraplén en el que la selva tupida aflojaba. Parecía un buen lugar para buscar refugio de la noche. Al acercarnos un poco más, se asomó un joven con linterna en mano. Recibió la cuerda de proa y tras una extensa explicación en nuestro breve portugués, nos invitó a pasar la noche en un rancho que compartía con su esposa, una indígena de 19 años. Su nombre era Zaid, el de ella María. El tenía 23 y su cara se me hacía conocida.

Esa noche fue maravillosa. Estrenando su puesto de marinero raso en su primer día a bordo, Pedro Franco me dijo explícitamente, "voy a cocinar para ganármelo a usted, capitán". Después de probar las pastas al ajo hechas a leña, y de saborear el complementario jacaré frito (caimán) que nos brindó Zaid, abusé de mi autoridad por primera vez y nombré a Pedro '"cocinero de la embarcación". Comimos bien y dormimos bajo el techo humilde que nos protegió de la tremenda borrasca tropical que cayó esa noche.

Al amanecer nos embarcamos, Zaid y María también, para seguir navegando por el río. La pareja viajaría con nosotros un par de horas hasta llegar a una población llamada Sorpresa, donde otros familiares los esperaban. En Sorpresa hubo comisionados para los tomates y para la gaseosa. Yo me fui con Zaid a visitar a su padre.

El hombre que abrió la puerta ya pasaba los 60, pero conservaba un cuerpo fuerte y erguido, tenía en la mirada algo que tocó fondo en las fibras de mi espíritu suramericano. Saludó a su hijo y luego me dio un apretón de manos que me habló aún más.

Regresé al bote. El comisionado de los tomates había encontrado queso, el de la gaseosa, cerveza, y yo también me había llevado mi sorpresa. Cuando el motor arrancó y el ruido entorpeció el mundo alrededor, me dije, "El Che está vivo".

EL CARNAVAL DEL RIO

Cerca de la población llamada Sorpresa en la tupida selva Brasilera, el río Mamore se mete a Bolivia, y por eso hay que conservar la izquierda --como los jamaiquinos y los neozelandeses-- para no errar la desembocadura del Guapore que continua delimitando la frontera. Esas fueron las indicaciones que seguimos al pie de la letra, adentrándonos en este río que a primer impacto, se perfilaba como el más bello de todos los que habíamos visto hasta el momento. Pero esto era demasiado decir.

El río estaba completamente lleno. Podía navegar por donde se me antojase y no tenía que preocuparme por golpear el fondo. Claro; el problema entonces era diferente. El río bajaba con demasiada corriente y no había de dónde amarrarse ni cómo parar. Además, llegaba a bifurcaciones en las que cualquier rumbo parecía sensato de tomar, mas no necesariamente el correcto. Como nunca, aprender a leer el río seguía siendo nuestra mayor incógnita. Lo primero que constataba era que la corriente fluyera; por lo general, por donde viene fuerte, viene el río. No obstante, descubrimos que a veces, esta seña también engaña. Después de varios días de caños errados y caños cerrados, paramos en Versalles, una pequeña población boliviana. Ahí, alguien le dijo a Juan Carlos, “por donde viene la tarulla, viene el río”. Esta fue, tal vez, la recomendación más acertada que hasta entonces escuchamos.

En un momento dado, se acabó un tanque de gasolina. En vez de reabastecer y seguir, como era la costumbre, convoqué a mi tripulación en la proa para una reunión. Había pre-fabricado minuciosamente la conversación en mi cabeza, pero al verme ahí, rodeado de un silencio tan ameno y tanta naturaleza desbordada, solo pude decir, "miren alrededor". Estábamos solos, tan lejos de todo, o mejor, tan cerca. Éramos sin duda, un equipo.

Y es que toda la tripulación se tornó indispensable para la navegación. Nunca fue esto más claro que en la aproximación a Pimenteiras el 20 de Febrero. Era el día que comenzaba el carnaval, y la promesa de un lugar seco donde tender el alma, lejos de la lluvia y de las jornadas extenuantes, me dio pie para decidir que esa noche la pasaríamos en ese puerto. Fernando y Pedro en la proa leían el mapa y me hacían señas; Juan Carlos en el techo con el reflector, iluminaba la orilla, y yo sentado al timón guiaba el bongo en la oscuridad. El abrazo de respeto mutuo que nos dimos al llegar, pasadas las 9 de la noche, quedará marcado en mi memoria para siempre. "Vinimos al Carnaval de Rio, y terminamos en el Carnaval del Rio... Guapore", dijo Fernando tendido de la risa.

Ya habíamos recorrido, con innumerables tropiezos pero iguales éxitos, la mayor parte de esta etapa del trayecto a mi mando. Faltaban 440 kilómetros de Pimenteiras hasta Villa Bella, un tramo que por ser innavegable en época seca, estaba deshabitado por completo.

Yo anhelaba culminar sin adicionales contratiempos mi primera etapa como capitán, pero una pérdida de tres horas el primer día y un río demasiado serpenteante me implantó una nueva preocupación. “?Si serían suficientes los 350 litros de gasolina que llevaba repartidos entre los tanques de abordo?” Siempre le había escuchado decir a mi padre que un motor es más eficiente andando a 3/4 de maquina, así que eso hice.

Tres soldados bolivianos a remo, estaban pescando cerca de la última base militar, justo antes de adentrarnos al estado de Mato Grosso y dejar la frontera atrás. Nos hicieron señas de retén que atendí prontamente. El motor se apagó cuando lo puse en neutro. Ellos nos pidieron "caña" y Fernando sacó señuelos de pesca. Ellos aclararon, "licor", y nosotros negamos las 12 cervezas que teníamos. Sin dar razón clara sobre nada perteneciente al río, siguieron prestando su servicio.

Tiré de la cuerda para prender el motor, y éste me respondió con un llanto en seco. Intenté de nuevo y nada. Dos veces más, no se cuantas. Sentí la tensión de la tripulación, o quien sabe, a lo mejor me la inventé. En cada intento fallido para prender el motor, sus miradas buscaban en la mía la seguridad de que yo era un capitán capaz de sacarlos de este nuevo revés. Empezaron a preparar el almuerzo y no supe si lo hacían confiados de un pronto y feliz desenlace, o si fue para desviar la preocupación de quedar sumidos en medio del confín sur de la selva amazónica.

Mientras Pedro picaba pimentones, Juanca juntaba el jamón y la cebolla junca, y Fernando filmaba la faena. Invoqué a mi padre pidiendo que su pragmatismo trabajara a través mío. Pasaban por mi mente las innumerables horas que había pasado a su lado arreglando algún motor, en alguna parte, en alguna playa, y las frases desalentadoras que él mismo había decretado sobre mi capacidad mecánica se me venían encima creando un nudo aún mayor al que tenia enfrente.

Limpié las bujías y revisé lo obvio, como la llave o la gasolina. Deduje que era un sucio en la gasolina y eso me llevó a inspeccionar una manguera que sale del filtro hacia el carburador. Allí encontré un residuo maligno. Lo limpié y dije recobrando mi seguridad, "apuesto mi sanduche, si esto no prende en cinco intentos". Prendió en ocho, pero a nadie se le ocurre dejar a un capitán sin su almuerzo.

El último día nos faltaban 30 kilómetros y conservaba un tanque de 70 litros. Nunca imaginé haber estado tan pendiente de la gasolina. Recordé a mi padre y agradecí las enseñanzas.




Andrés Ospina

El Caminante del Viento