Isla
Carlos III, Estrecho de Magallanes
Punto de Retorno
El "Emisor", en este caso un barco pesquero, le abrió
campo a cuatro expedicionarios, que después de pasar quince
gélidos días en Punta Arenas, Chile, se hacían
a la mar comenzando extraoficialmente la segunda fase de la Expedición
Natibo.
Haciendo 9 nudos a las dos de la tarde por el Estrecho de Magallanes
y marcando posiblemente el último sur-franco de la expedición,
Juan Carlos, Alexandra y yo, dejamos atrás la capital de
la zona XII de Chile --región Magallánica—para
dirigirnos a la isla Carlos III. Juan Capella, rey ballenato y
cabeza científica de la expedición, nos esperaba
en la isla desde enero realizando sus estudios sobre las ballenas
jorobadas.
La expedición toma ahora su forma de mayor peso. Después
de terminar la integración fluvial por Suramérica
recorriendo el continente por sus entrañas, la Fundación
Natibo y la Yubarta -- encabezada por Juan Capella – emprenden
un estudio científico haciendo el trabajo de campo en la
totalidad de la costa pacifica Suramericana. Se trata de seguir
a las ballenas jorobadas en su migración de regreso a Colombia,
su lugar de nacimiento. Esto se perfila como una odisea; basta
con mirar el mar para entenderlo así.
Marc, Paola y Santiago nos despiden en el muelle de Punta Arenas;
se quedaran editando el material de lo que fue, y coordinando
lo que vendrá. Desde Bogotá, Ricardo Cano enviará
los equipos (sobra decir sofisticados y costosos) que se utilizarán
para implantar las ballenas con un transmisor y rastrear la señal
por el océano mas grande y mas profundo del mundo.
Chau Soda, Punta Arenas... Tierra del Fuego a babor, la Península
de Brunswick a estribor, y nosotros parados en la cubierta del
“Emisor” que navega de narices con todo el peso adelante,
o bueno, poco peso atrás, ya que las bodegas de popa están
todavía vacías (regresarán repletas de erizos
al cabo de una semana de navegación por este canal interoceánico).
Los "emisores" -- tripulantes de este barco de hierro—hacen
este mismo recorrido tres veces al mes durante todo el año;
siempre pasan de largo por la isla Carlos III y llegan mucho mas
allá, por entre fiordos y glaciares. Alivian los cuartos
fríos de otras embarcaciones mas pequeñas que se
pasan pescando de corrido las temporadas de centolla, erizo y
merluza. Tal vez por esto, al doblar el Cabo Froward --punto más
austral del continente Suramericano -- y salirse del sotavento,
es decir, salir del área protegida por la costa y enfrentar
los feroces vientos del Sur Oeste, los curtidos marineros chilenos
se mostraban tan frescos como una lechuga y nosotros verdes como
dólares. Pero con un naipe que viene paseando desde Guajara-Mirim,
Brasil, embolatamos el mareo entre risas y rummy.
Pasada la media noche llegamos a la tranquila ensenada de la isla
Carlos III. Vestido totalmente de anaranjado, Juan Capella nos
esperaba en el muelle junto a otras tres personas inidentificables
en trajes idénticos. Descargamos todo y llegamos con esmero
a la carpa central del campamento.
En cada encuentro hay noticias para intercambiar. En esas estábamos
cuando Juan se paró velozmente dirigiéndose hacia
la ventana que daba al mar. Instintivamente todos cerramos el
pico y agudizamos nuestros sentidos encontrándonos de repente
en un silencio sin fondo que se prolongó hasta culminar
en un soplido explosivo de ballena. "Que hermosa manera de
expresar el volumen del aire", pensé. Los siguientes
minutos fueron de asombro puro ante el conocimiento científico-poético
de Capella y el poderío de una respiración que se
repetía con la retirada del animal. -- "¿Conocen
el "meteo"?, nos pregunto Juan. "De 25 a 35 nudos
Sur Oeste, con ráfagas de 45", le contesté
con la misma entonación que el radio VHF del Emisor había
vociferado como un disco rayado desde las 8:30 hasta las 9:00
de la noche. "Uy, esto va a estar malo", dijo Capella.
Con el pasar de los días entenderíamos esto del
meteo y el peso que dicho fenómeno tendría sobre
nuestra rutina.
Cristian, Mateo y Esteban eran los "otros tres de naranja"
que nos recibieron en el muelle. Sin sus trajes de supervivencia,
eran geógrafos como en los años mil seiscientos,
y estaban haciendo estudios en la isla.
La noche estuvo tranquila, pero el amanecer recrudeció
confirmando el meteo de la noche anterior. Entre charlas y risas,
nuestros compañeros especulaban sobre cuál de nosotros
era el salado que había irrumpido con el buen tiempo que
venia cobijándolos en los últimos días. Los
geógrafos llevaban 10 días de excursiones pedestres
con el sol sobre sus cabezas; Capella, desde Enero, había
anotado cuantiosas observaciones y recolectado biopsias para sexar
a las ballenas sin mayores contratiempos ni pormenores climáticos;
Fernando y Juan Carlos habían visitado la isla diez días
antes. Hasta entonces todo había salido de maravilla. La
contundencia de los hechos nos dejaba a Alex y a mí como
únicos responsables del amanecer amenazador.
Llegó el desayuno. Detrás de un plato de avena en
la mesa, Juan se veía a contraluz al otro lado de la carpa
tratando de encender el generador. Con despreocupación
salí para ayudarle antes del pan, pero después de
varios intentos comprendí que no seria tan simple.
El día transcurrió entre la llave 10, la 13 y la
llave de bujías, asientos de sarro y agua, desahogando
el pistón, y como no, tirando de la cuerda que no daba
ignición. Las ballenas soplaron varias veces en el Estrecho
pero nunca dejamos la seguridad de la carpa.
A estas latitudes, el sol no escala mucho el firmamento. A eso
de las 4:30 de la tarde, ya la luz era lo suficientemente tenue
para apropiarnos de ella como excusa para dejar quehaceres para
el otro día. "Lo mejor en estos casos", dijo
Juan, "es resina… resignación". El generador
quedo desguazado en el piso y pasamos la segunda noche en Carlos
III iluminados con velas y calentados con pisco y leña.
Cuando pase el frente de baja presión, y con eso, el viento
nos conceda una tregua, saldremos al Estrecho a buscar ballenas.
Afuera sopla un viento helado y los descubrimientos ocurren bajo
la lona de la carpa. Cristian nos introduce orgullosamente a una
leyenda chilena, Los Jaivas, y yo comento tímidamente sobre
Los Prisioneros que también son legendarios. Con el generador
–que no prendió en tres días --casi me lacero
el índice derecho. Arrullado por el ronroneo constante
del Suzuki 3000 --pero con todos mis dedos --estoy escribiendo
aquí, en el portátil de Fer.
“Nunca había estado tan al Sur”, pienso con
asombro. La Expedición Natibo partió en la latitud
4† Norte y ahora, en los 53† Sur nos preparamos para el seguimiento
de las ballenas jorobadas en su migración a Colombia. Este
es el punto de retorno, a media luz en los confines del mundo.
Andrés Ospina
El Caminante del Viento
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