Msica
   Crónicas Expedición
       El Río y los Sentidos
       Tudo Bem
       Cierto Punto de Vista
       Las Piedras
       Sentido Común
       Una Nueva Consigna
       El Pantanal
       Santos del San Nicolás
       El río, después de...
       Punto de Retorno
       ISLA CARLOS III...
   Caminante del Viento
   Bachiller


Sentido Común.

El resplandor de las luces de Manaus lo empecé a ver al poco tiempo de retomar el timón. Era la media noche; faltaban seis horas para llegar a dicha ciudad y dar fin a la extenuante jornada que había comenzado 20 horas antes, cuando una tormenta de arena nos había obligado a levantar campamento. La maratónica misión de navegar la totalidad del Río Negro y llegar a Manaus en cinco días la estaba viendo pintada en el cielo con una aureola de centros comerciales y calles iluminadas, que con malicia metropolitana, opacaba las estrellas.

La silueta de la selva en la orilla, en contraste con la luminosidad de la superficie del agua, iba indicando el rumbo para navegar. Las horas pasaban y el cigarrillo encendido de un fumador sin rostro era lo único que irrumpía el ronroneo constante del motor y el trance de la navegación nocturna. "La noche no es tan oscura", pensé.

A las 2 y media de la mañana surgió mi padre entre los maletines: "Quiubo loco, ven yo le doy", me dijo, tomando así el mando de la embarcación y asumiendo el cargo de capitán por última vez en esta parte de la expedición.

Con emociones intensas y polarizadas logramos la aproximación final a la capital del estado amazónico. Atracamos en un muelle escondido entre bares y astilleros del lado industrial del puerto. Desayunamos en un bar flotante: huevos, arroz, farina de casabe y chocolate caliente. Festejamos nuestra llegada entre curiosos que sumaban su alegría a la celebración de estos cuatro colombianos que venían de la selva.

Nuestro dilema entonces era encontrar al equipo que venía por tierra, y que nos estaba esperando en algún lugar de esa ciudad. No teníamos manera de comunicarnos directamente.

"Buenas, si gracias, ¿por favor Marc?", preguntó Juan Carlos entre risas, porque en realidad nunca sabíamos por dónde ni cómo iba a aparecer nuestro director. Pero era cuestión de llamar a Ricardo Cano, el director ejecutivo de la Expedición en Bogotá; él nos informaría sobre el paradero de los otros expedicionarios. Ya los comisionados Franco y Fernando se estaban yendo en búsqueda de un teléfono, cuando de la nada apareció un botecito de aluminio con las voces familiares de nuestros compañeros.

Con el pecho en alto y poniendo cara de inteligentes, salimos a navegar una vez más siguiendo a la comitiva de recepción en ese botecito de aluminio. Pensábamos que nos guiaban hacia el muelle de un hotel o algo así, pero no; un barco grande de tres pisos, el Fe em Deus V, estaba en nuestro derrota. Al acercarnos un poco más, entendimos que sería nuestro nuevo hogar. Marc había alquilado parte del barco para alojarnos el tiempo que permaneceríamos allí, ya que por costos y conveniencia era la mejor opción. Tenia ducha, cocina y espacio para colgar hamacas, pero no hubo tiempo para descansar, inmediatamente nos reunimos a contar anécdotas y a escuchar la nueva orden.

Mi padre se regresaría de Manaus a Medellín (cosa que estaba prevista para mucho más adelante) con el fin de terminar la adecuación del Natibo I, el barco que nos llevará en la segunda etapa de la expedición por el Océano Pacifico haciendo el recorrido migratorio de la ballena jorobada por las costas de Chile, Perú, Ecuador y Colombia.

Hasta el momento, la supervivencia y el éxito de la Expedición se sorteaba en el día a día, y tal vez por eso, sumergidos en el interior del trópico candente, pensar en los glaciares australes y el mítico Océano Pacifico, parecía fuera de contexto. Sin embargo, era la realidad del momento; la Natibo I debía salir de Astilleros Firpol en Medellín y embarcarse en un carguero, destino final Punta Arenas, Chile, y nadie como el creador intelectual de la susodicha embarcación, podría lograrlo.

Entre la matricula, los documentos de aduana y los zarpes, hay un carné plastificado que me certifica como capitán de naves menores de 10 toneladas. Más que eso tengo un abuelo, un padre y un padrastro que con carné o no, han vivido sus vidas de mar. Es cierto, la navegación fluvial es otra cosa y los problemas son diferentes; por eso el único consejo directo que me dio mi padre al despedirnos fue: "todo es sentido común".

Mi padre se embarcó en un transporte de línea rumbo Tabatinga y Leticia por el Solimoes (así le dicen al Río Amazonas), para volar a Medellín con escala en Bogotá. Nosotros amarramos nuestro bongo a éste, un barco grande de pasajeros llamado el Coraçao de Mae, con densidad de población aproximada de 3 personas por mt2. Al principio también viajamos por el Solimoes, sólo que en sentido contrario al rumbo de mi padre. Posteriormente empezamos a remontar este río, que como su nombre lo indica, el Madeira, trae en su cauce muchos troncos y árboles caídos que pueden ser fatales para un motor fuera de borda, o incluso para el casco de la nave.

El bongo recuperará su autonomía al arribar a Porto Vehlo desde donde comenzará realmente la primera etapa bajo mi mando, transportándolo por tierra hasta Guajara-Mirim, Rondonia, Brasil. Ahí se botará y se efectuará la navegación del Ríp Mamoré y el Guaporé, llegando finalmente a Villa Bella, Mato Grosso, Brasil. Será una etapa de 1.400 kilómetros con pocos puertos intermedios.
Mientras tanto, cada cierto tiempo me asomo por la popa y veo nuestro bongo hacer slalom sobre la estela que deja el barco mayor. Luego, miro hacia la orilla y veo señas palpables de la deforestación de la selva y concluyo: "muchas cosas en qué pensar".


Andrés Ospina

El Caminante del Viento