Tudo
Bem
Seguramente estaba haciendo malacara. Los mosquitos me zumbaban
y quería echarles la culpa de mi irritación, sin
embargo traté de ser justo, y en medio de mi desespero
dije, "sigo sin aprender, me volví a bajar sin pantalón
largo". Pero Celomar, el brasilero que nos había remolcado
hasta allí, San Antonio del Orinoco, me dijo en un español
melódico, "mira, toda la naturaleza tú te tienes
que conformar con ella; la naturaleza es tan perfecta que nosotros
los humanos no la comprendemos".
En este momento estoy en el techo de "La Tigra", un
bote grande que nos lleva remolcados de regreso a Puerto Ayacucho,
Venezuela, y voy con la certidumbre de estar viviendo en este
planeta. Nuestro bote no es el más apropiado,y debemos
replantear ese aspecto de la expedición. Ya han pasado
dos semanas desde la partida, y tras haber recorrido exitosa,
pero penosamente el río Meta y haber remontado casi 400
kilómetros por el río Orinoco en la Natibo II, pensar
en cambiar de bote es mucho más que un cambio de planes.
Es una prueba inmensa para la tripulación y nos pone frente
a frente con el desapego y desprendimiento que hemos venido practicando,
cada uno a su manera, desde que comenzó esta aventura.
Pero bueno, seguiremos adelante en otra embarcación, porque
así como los mosquitos vuelan, tenemos manos para ahuyentarlos.
Ayer salimos a las 5:30 a.m., hora venezolana, con afán
de avanzar, pues los tropiezos nos habían bajado el promedio
y los compromisos de mas adelante se hacían inalcanzables.
Llevábamos un guía, Manuel, a quien recogimos en
Santa Bárbara del Orinoco. Había demostrado conocer
muy bien el río, pero el reflejo del sol mañanero
cegó sus ojos, y no le pudo avisar a mi padre que iba al
timón, sobre un banco de arena que había al frente.
A una velocidad de 13 nudos chocamos con un playón sumergido
a menos de una cuarta bajo la superficie. Salimos volando por
los aires de una manera que me rehúso a describir para
no perder mi credibilidad. Cuando aterrizamos ilesos con el bote
escorado sobre su quilla hacia babor, nos miramos sin saber qué
hacer ni cómo reaccionar. Mi padre, en su típico
pero sorprendente acelere, sacó un tintico y un cigarrillo
y nos ordenó bajar una silla para él fumarse su
café. Mas tarde me explicó, "es que necesitaba
que mi cerebro aterrizara también".
Bajamos algunas cosas del bote y las fuimos poniendo a un lado
para quitarle peso. Con tablas, uñas y baldes tratamos
de dragar un canal para desencallarnos. Tres horas más
tarde, el bote se movía de lado a lado pero no se escurría
ni un centímetro hacia atrás.
De repente se empezó a escuchar un motor que se acercaba.
Como si fuera premeditado y así no más, llegó
un bongo, como le dicen aquí a los cayucos de madera, con
3 hombres, 2 mujeres y 3 niños. Uno de los hombres apodado
Caracas -- por aquí, nos hemos dado cuenta, la gente se
conoce mas por el apodo que por el nombre -- se quedó con
nosotros encontrando sonrisas en nuestros rostros exhaustos. Los
otros fueron a la orilla, hasta entonces inalcanzable, para traer
2 troncos con los que hicimos una palanca que sacó el bote
de su cuna de arena.
En la alegría de haber salido de allí, se nos pasó
por alto la posibilidad de que el motor hubiera quedado taponado
de arena, y como prendió bien, seguimos adelante retomando
el afán que se había accidentado horas antes. 25
kilómetros río arriba, mientras le timoneaba a una
tripulación somnolienta, empecé a sentir un ruido
raro. La cabeza de fuerza del motor, que hasta entonces había
funcionado como un relojito, se había recalentado y hasta
ahí llegaba. Juanca y yo nos tiramos al agua, y con aletas
remolcamos a una Natibo II malherida hasta una playa donde armamos
campamento, después de constatar que no había cómo
seguir.
Esta mañana apareció Celomar el brasilero, en su
bongo pequeño, remolcándonos lentamente hasta San
Antonio del Orinoco N 03† 27' , W 66† 44'.
Así es como terminé aquí trepado… abordo
de La Tigra…devolviéndome por el río Orinoco
hacia Puerto Ayacucho, Venezuela. Perdiendo mas de una semana
de camino, con un futuro incierto pero promisorio. Y para terminar,
las palabras del propio Celomar, "Tudo bem".
Andrés Ospina
El Caminante del Viento
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